•febrero 9, 2011 • Dejar un comentario

Y los muertos compran autos destrozados en el deshuesadero abandonado. Los autos que parecen más pelusas de metal oxidado circulan en el más allá rodando como piedras movedizas. ¿Las piedras movedizas del desierto son camionetas todo terreno que usaron los extraterrestres para aniquilar los dinosaurios? Millones de años después los vehículos son pedazos de roza grisácea circulando a un sútil paso del tiempo. Nosotros al envejecer vemos como abren la puerta de aquellas camionetas para llevarnos al nuevo mundo.

•febrero 8, 2011 • Dejar un comentario

Su rostro descompuesto por la frustración. Varias veces intenté matarme, me dice el reflejo. Y sigo vivo, no por la falta de voluntad sino por negligencia de la muerte, ¿tan poco vale mi vida?

Y un día, al cruzar el puente, la muerte se fijó en mí. Y me cumplió el favor en el lugar menos deseado para morir. Y cuando se llevaron mi cuerpo, no sé quiénes pero sentí como unas manos trasladaban mi cuerpo a otro espacio abierto, aún no absorbía a través de los poros de mi cuerpo putrefacto la claustrofobia que padecen los cadáveres carcomidos por los gusanos.

Y por algún rumor del viento chismoso, sé que al apagarse la última veladora en el puente, un grupo de gente instaló una cruz con otro nombre en el puente. Un nombre escrito al revés, pero con las mismas fechas de nacimiento y fallecimiento. No reconozco esas fragancias, nunca en mi vida intenté reconocer a la gente que conocí con el olfato.

¿Por qué escribieron al revés mi nombre? Quizás así me quieren recordar, lo opuesto a lo que en realidad fui. Debieron odiarme demasiado mientras vivía para amarme al morir. Mi muerte es su libertad de recordarme al gusto.

•febrero 8, 2011 • Dejar un comentario

ya se fue, no se a donde, sólo quedó la veladora , con su luz, no se apaga…

•febrero 8, 2011 • Dejar un comentario

a qué hora quitarán al muerto del puente?, ya le pusieron unos trapos sobre él, una veladora, la gente se aglutina, quieren pasar, y no podrán evitar verlo.

en este momento

•febrero 8, 2011 • Dejar un comentario

justo durante los 45 minutos que me hice viejo, siete paramédicos de la cruz roja intentaron volver a la vida a un cuerpo, sobre un puente, justo el mismo puente de donde una cascara metálica cayó meses atrás y atinó en el parabrisas de un auto, un puente por el que nadie pueda atravesar esa avenida majestuosa que es mi calle, mi calle, un puente debajo de otro puente, un puente que  sirvió de último reposo a un hombre o mujer que durante cientos de segundos recibió en su pecho los recargones violentos de las manos ensimadas de uno y luego otro y luego otro de los rescatistas, un cuerpo que mientras yo dolía mi vejes el se iba arrancándose de un respiro, de un latido que no quisieron se marchara, y 45 minutos después, justo el tiempo en que me di cuenta que yo ya era 18 años más tarde, 18 después de que ella había nacido, lamentablemente, ese cuerpo hinchado yacía en un puente  bajo la poca luz blanca de un alumbrado anti violaciones, la gente molesta porque el cuerpo atravesado no dejaba que nadie pasara ni para un lado ni para el otro, los policías no sabían de mi enfermedad, de mi locura apenas descubierta, de mi amor por ese dama, apenas naciendo en el amanecer de la pubertad, y los policías no sabían nada de mi delirio de todo el día , de pensarla todo el día, solo no dejaban pasar a nadie ni parra un lado ni para el otro, lucero, así se llamaba mi apenas parbula recien besada, no por mi, ni por el muerto del puente que atravezado no dejaba que nadie pasara ni para un lado, ni para el otro, lucero que no iluminó nada de mis días, los hizo noches, los hizo terriblemente obscenos, lujuriosos, nunca desee más que mi silencio y mi cerebro muerto, pero nada, mis ideas se aterraban dando vueltas a esa su cara blanca, su espalda nunca mancillada…de eso nada sabían los polcas que habían reído  y se habían puesto serios mientras los paramedicos con descargas eléctricas atacaban el cuerpo obeso de una persona olvidada, nadie lo reclama, no debe ser vecino, nadie le llora, ni una veladora, durante 45 minutos las sirenas coloreaban los postes inmensos que sostienen el segundo piso, después, nada, ni lagrimas, ni luna, ni lucero…

•febrero 4, 2011 • Dejar un comentario

busuqé por pocos minutos dentro de mi memoria, un simple recuerdo, esperanzado de dos, no,, ni uno solo, todo lo que recuerdo de mi abuelo es pura mierda, maltato, borracho, golpes, el tipo tiene años muriendose, le falta el respeto a la muerte , tan bella ella, tan conciente y real, mi abuelo, tratando de morirse sin matarse, cinico sin huevos, un coyon cualquiera, respira de más, y yo escribo de más, pero un centimetro de compacion o ternura no me provoca, al contrario cuando lo pienso me siendo sucio, heredero de una genetica nefasta y decadente, tipicamente mexicano, , macho, pedo sin sueños, macho sin poder dar placer, lo imagino convalenciente en su lecho mortuorio en cualquier hospital de gobierno, herido, olor a jodido, a alcoholes, me doy lástima, soy peor que él, y no tengo la cuarta parte d edad que él, ahora mi rostro entumido por la droga, el alcohol en chelas,,, escribir me recata de mi mismo, actuo a ser un escritor, y eso me saca de mi alargado pesado sueño mediocre d ser su nieto, puta madre, la muerte debe ser digna, honorable, no jodida ni putrefacta, y él la ofende, me ofende, me ofendo de ser como él,,,

•febrero 3, 2011 • Dejar un comentario

El vicio a la autodestrucción.  El placer de un suicida sin huevos para morir. Falsos renacimientos para hallar la estabilidad. A partir de la desolación empieza la creación.

Me estoy volviendo loco, con el alcohol me alejo de la locura. Cuando estoy borracho estoy más cuerdo aunque haga el ridículo tambaleándome por las calles que me sé de memoria.

Autodestrucción para destruir la monotonía de una vida insatisfecha.

La segunda parte, una vida nueva sin extrañar vidas pasadas. El desprecio a las cartas del Tarot, la adoración a una sonrisa sincera. Sin presagios ni prejuicios, simplemente una sonrisa.

La nariz roja porque a mi novia le gusta pintarse los labios de carmín y besarme la nariz. Odia el sabor del alcohol rancio. Con los envases vacíos dibujo la silueta de mi novia bailando. Y yo tengo que bailar para salir del departamento, los envases en el piso ya no me dejan caminar con normalidad. Bailando esquivo obstáculos. Bailando cuento otra noche sin dormir. Me quiero volver loco para que mi mente tenga voz, el silencio de los pensamientos me desespera, no puedo sonreír porque mis dientes hacen ruido.

Un trago por los días largos de 48 horas.

Un brinco por la ventana, piruetas como un clavadista. El pasto me acobija, las hormigas me susurran lo pesado que estoy, pero recuerdan que estoy más liviano que ayer. El tiempo de las hormigas tiene otro ritmo. Un día de 48 horas les alcanza para superar la pubertad. Y dedicarse a trabajar para dejar de pensar. Y volar. ¿Las hormigas que no trabajan vuelan como catarinas?

Una catarina en mi nariz roja por los besos de mi novia. Y sonrío una vez más antes de volver al silencio de los párpados cansados. Y cerrados.